Cuando tenía 15 todo mi colegio sabía que era gay. Lo sabían mis compañeros que me molestaban todo el día, lo sabían mis amigas y poquísimos amigos que siempre tenían una nueva pregunta sobre mis experiencias sexuales y lo sabían mis profesores que siempre que escuchaban comentarios se ingeniaban de manera de evadir el tema de la manera más caleta posible. Era obvio que mis papás sabían, pero yo jamás había hablado del tema con ellos. Pasaba el tiempo, mi gusto por los chicos era más que obvio y cada día al acostarme, daba gracias a la vida por darme 24 horas más sin tener que estar en esa situación tan incómoda de tener que afrontarlo con mi familia.
El esperado momento llegó, paradójicamente, de manera inesperada. En tres horas cumplía dieciocho años. Había preparado una súper noche con mi novio de ese entonces, teníamos todo listo y mi mamá había sido previamente advertida que mis compañeros de la universidad me harían una reunión. Habiendo metido el floro respectivo. Me arreglé todo el día esperando las tan ansiadas 21:00 horas a las que llegaría mi querido. Minutos después de la hora acordada, sonó mi celular, era la señal para salir y escaparnos a celebrar mis últimos minutos como menor de edad. Estaba tan emocionado por todo lo que sucedería que sin importarme nada, bajé, lo abrazé y cruzamos la pista. Mientras lo hacíamos, recordé que mi querida mamá, como cada vez que salgo, me observa desde la querida ventana de mi casa hasta que tome el carro. Reaccioné muy tarde. Cuando vi hacia la ventana, mi mamá ya estaba timbrando mi celular. Me dijo que regresara a la casa. Nunca había subido las escaleras hasta el tercer piso tan rápido. No estaba dispuesto a arruinar mi noche, así que entré a la defensiva y luego de discutir sobre que puedo hacer lo que quiera en mi cumpleaños, salí corriendo de la casa. Cuando llegué hasta donde me esparaba mi novio, ya no me sentía tan feliz para celebrar. Trató de consolarme y creí que lo mejor era caminar un rato. Vi la hora en el celular y ya daban las diez. Para ir al lugar de nuestra cita, debíamos pasar obligatoriamente por mi casa. Pasamos por el frente. Mi novio, con mucho temor, me dijo que la luz de mi cuarto estaba prendida. Con más miedo que él, levanté la mirada y nunca me había sentido peor. Mi mamá revisaba mis cajones de la manera mas minuciosa posible. Las celebraciones estaban canceladas. Me senté en una banca a esperar la llamada. Llegó como a eso de las diez y media. Fui para mi casa. Abrí la puerta, mi hermanito corrió hacia mi, me vio directo a los ojos, y volvió a ver televisión al costado de mi hermana que lloraba sin parar mientras que mi prima que estaba de visita, le servia agua de azahar. El panorama no pudo ser más trágico. Para llegar al cuarto de mi mamá debía subir veinte escalones. Ese día creí que eran cien. Entré. Estaba sentada en su cama. Yo me senté en el otro extremo. Luego de unos minutos de silencio, me dijo: "Tú estás con alguien de tu mismo sexo". ¡Qué diplomática!, pensé. Quise responder, lo juro, pero no pude. Solo empecé a llorar. ¿Por qué me era tan fácil decir SOY GAY a todo el mundo y no podía hacerlo frente a mi madre con la que me tengo tanta confianza?. Ella siguió hablando, pero en verdad, no le prestaba mucha atención. Solo pensaba en que al salir del cuarto las cosas serían distintas. Y así fue. Cuando mi mamá se calló, me preguntó si tenia algo que decir. Le respondí que no. No sabía si darle un abrazo, un beso o quizás gritar. Simplemente salí y fui a mi cuarto. Todo estaba en el suelo, mi diario, cartas, fotos, revistas, videos, lo que un chico gay generalmente tiene bajo llave. Todo estaba en el suelo junto al enorme cuchillo con el que mi mamá había roto la chapa de mi cajón más privado. No sentí rabia, ni mucho menos ganas de hacer lo mismo con sus cosas (En verdad, sí me dieron ganas, pero minutos después). Vi la hora y eran las doce en punto. Ya era tres de abril. Tenía 18 años, un DNI que no me hacía adulto, pero que me permitía hacer cosas que antes hacía a escondidas o sin permiso y mi mamá sabía queera gay. Qué mas podía pedir. Fue el mejor regalo que pude recibir en mi vida. No tuve que prepara discursos, ni organizar una cena para comunicar la noticia. Mi mamá lo hizo solita. Me fui a dormir y cuando me levante, como al mediodía, mi querida madre ya había hablado con cada uno de los miembros de mi familia. Gracias mamá por ahorrarme el trabajo. Ahora, el único con el que no he hablado frente a frente es con mi papá. Él vive lejos desde hace 7 años. Pero, para mi mala suerte, amenaza con visitarnos en un par de meses. No creo que mi mamá me salve de esta, así que aprovecharé mis momentos libres para ir armando un discursito.
martes, 2 de octubre de 2007
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